Uganda: la participación en el JRS, la historia de Eunice
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Uganda: la participación en el JRS, la historia de Eunice
miércoles, agosto 14, 2013


Cualquier rostro humano nos interpela, porque no puedes más que comprender su singularidad, su coraje y su soledad. Pero esto es más verdad en el rostro de un niño. Lo considero como un tipo de visión, tan místico como cualquier otro. (Peter Balleis/JRS)
Roma, 14 de agosto de 2013 – Era un caluroso día en el Nilo Occidental en el campamento de Rhino. ¡Polvo por todas partes! Yo estaba hablando de algunos asuntos con mi logista, Atibuni, cuando dos mujeres refugiadas, Regina y Lilian, que vivían en la vecina aldea de Tika, vinieron a buscarme.

Las conocía: eran buenas mujeres, que vestían harapos y sus rostros mostraban una vejez prematura. Eran ancianas de la comunidad y las parteras no oficiales de la aldea. Ambas, viudas - sus maridos murieron en la guerra civil de Sudán - habían sobrevivido a sus hijos. Tras saludamos, compartieron su problema conmigo.

Una de las jóvenes en el pueblo, Mary, se había puesto de parto prematuramente. No había tiempo suficiente para llevarla en bicicleta o a pie a la clínica cercana. ¿Podía acercarlas al centro local de salud?

Sí, por supuesto. Nos amontonamos en mi camioneta y fuimos a su pueblo, a un kilómetro de distancia. Allí recogimos a la joven y bella Mary y un huérfano, a quienes conocía bien. Ella estaba exhausta: su rostro mostraba ansiedad y el dolor aumentaba rápidamente a cada contracción. Senté a las tres en el asiento de atrás y nos dirigimos a la clínica cercana.

Estaba cerrada.

El hospital más cercano se encontraba a varios kilómetros de distancia. A pesar de saber que el camino por el bosque estaba lleno de baches y que eso podía agravar la situación de Mary nos fuimos para allí. No tenía otra opción y pensé coger un par de atajos para ganar tiempo.

A medio camino, una de las parteras me tocó el hombro y dijo con una gran tranquilidad: "Padre, no llegará a tiempo. Tenemos que prepararnos para que tenga el bebé aquí".

"¿Aquí? - me dije - ¿en medio de la nada? ¿en un día caluroso? ¿sin personal médico?". Preguntas retóricas.

Aparqué a un lado de la carretera buscando la sombra de uno de los árboles de nim que había por todas partes. Algunos niños curiosos se acercaron y las parteras les enviaron a buscar agua y unos paños. Puse una lona en la parte trasera de la camioneta, coloqué a Mary sobre una vieja manta que llevaba en la camioneta mientras las parteras ponían en práctica su calidez y experiencia.

La sabiduría y el sufrimiento de muchos años funcionaron. Mary, madre por primera vez, estaba increíblemente tranquila y seguía sus instrucciones. Me incliné sobre el lado de la camioneta para ver cómo iba todo. Cuando los niños regresaron de la aldea cercana, algunos de ellos con sus madres, les pedí que ayudaran a Regina y Lilian.

Y así, bajo los árboles de nim, sacudidos por una cálida brisa del norte, en la parte trasera de una camioneta nacía un bebé.

Una niña.

Todo el mundo parecía saber lo que estaba sucediendo, excepto yo. No es que yo fuera tan inocente: ya había visto antes nacimientos en los Estados Unidos. Pero esta vez, obviamente, era diferente.

Todo lo que podía hacer, viendo a la gente y abrumado por esa situación aquí en plena selva del norte de Uganda, era sentir la brisa del Nilo Occidental y el misterio de todo.

Yo había departido del nacimiento como realidad y metáfora, había predicado y hablado de ello tropecientas veces. Pero este momento me llevó a un nivel más profundo del misterio. ¿Cuál?
Este: en medio de tanta muerte, enfermedades, dificultades e incertidumbre que viven a diario los refugiados sudaneses, surgía una nueva vida, no podemos negarnos al inicio de algo nuevo.

Pero ese momento aun no había terminado.

Las parteras entregaron el bebé a Mary. Ella lo sostuvo contra su pecho, y luego, de repente, volvió la cabeza y mirándome me mostró a su hija. Las parteras cogieron al bebé envuelto en un viejo vestido que los niños habían traído y me lo colocaron entre los brazos. Tan pequeña. Tan arrugada.

Así que... viva. Recordé algo que Marylynne Robinson había escrito en su libro de Galaad:

Cualquier rostro humano nos interpela, porque no puedes más que comprender su singularidad, su coraje y su soledad. Pero esto es más verdad en el rostro de un niño. Lo considero como un tipo de visión, tan místico como cualquier otro.

Mary susurró: "Padre, ¿cuál es el nombre de su madre?"

En un instante estaba conectado a la tradición de un pueblo que pone nombre a sus hijos después de nacer, y conectado para siempre a una niña, a su madre, a las parteras y al creciente número de personas que rodearon mi coche.

"Eunice", contesté.

Mary: "Se llamará Eunice".

Así que ahí estaba: La verdad del acontecimiento. Cayó sobre mí como un halcón: la unión de la humanidad, el misterio de Dios trayendo la vida, la simplicidad y la transparencia que me regaló esta joven madre, y permeándolo todo, mi amor por estos refugiados que me dejaron entrar en un momento tan profundo e íntimo de sus vidas. Eunice. Si mi madre hubiera estado viva habría cantado de alegría por la ocasión. Tal vez lo hizo.

Gary Smith SJ, ex miembro del equipo del JRS en África oriental y austral